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Informes y Artículos sobre Educación

La dirección, la democracia, el equipo docente

Índice del artículo

 

Cuando el director o directora de una escuela decide realizar con total responsabilidad sus tareas, en ese mismo momento percibe la magnitud de la empresa que tiene delante de sí, los diversos aspectos que debe enfrentar y las dificultades que tendrá que resolver en el ejercicio de sus funciones y que en el mismo no le vaya la vida profesional en el asunto...

Cuando el director o directora de una escuela decide realizar con total responsabilidad sus tareas, en ese mismo momento percibe la magnitud de la empresa que tiene delante de sí, los diversos aspectos que debe enfrentar y las dificultades que tendrá que resolver en el ejercicio de sus funciones y que en el mismo no le vaya la vida profesional en el asunto (aunque nos queda claro que siempre supera los límites de la vida profesional para incursionar en la vida general ya que uno es indisoluble y porque la realidad no se maneja con arbitrarias separaciones). 

 

Quisiera tratar, en este artículo, el tema de la democracia en la escuela y el papel que le cabe al director o directora en su desarrollo o en la búsqueda de la misma. Dejo aclarado que es una visión sumamente recortada a las posibilidades de un artículo escueto ya que desarrollar esta idea con mayor amplitud nos llevaría a tener que presentar un texto escrito sobre el particular. 

El ejercicio de la dirección supone para aquél que lo asume la necesidad de plantearse, entre muchos interrogantes, el estilo de liderazgo que se construirá en la tarea escolar. Esto ya significa una visión filosófica, sociológica y política y un posicionamiento del conductor ante la empresa de dirigir una institución. Para la dirección que elige el estilo democrático en el desarrollo de sus funciones, se presentan una serie de dificultades que debe enfrentar y tratar de resolver. 

El primer obstáculo es sortear la visión escéptica de muchos docentes, de administradores, de algunos teóricos (aunque nunca lo manifiesten en público abierto) y de muchos conductores y que se sintetiza en la siguiente frase: “las instituciones educativas no son democráticas”. Convencidos de la veracidad de esta afirmación, suelen agregar las dificultades que tuvieron que soportar en el intento de generar mayor democracia en las escuelas y que todo fue un vano esfuerzo, por lo cual retornaron a modelos de gestión más centralizados pero más eficaces para el funcionamiento escolar y para el control de dicha gestión. No caben dudas que la gestión democrática plantea una serie de dificultades complejas y que su construcción no es tarea sencilla (es bueno tener presente que las ideas democráticas no son fáciles de aceptar en el mundo entero y en diversos ámbitos, pero sobre todo en torno al poder y a la riqueza), ya que afecta intereses diversos y busca transformaciones que incomodan a algunos actores de la realidad escolar. Esta visión negativa se contrapone con la bibliografía educativa general que resalta los valores de la gestión democrática, aunque a veces se pierda en vaguedades sin precisión para las necesidades del director que desea implementarlo. Vamos a dejar para la discusión de otro artículo cuáles son las posibilidades y límites de la gestión democrática en la escuela y nos enrolamos genéricamente señalando que dicha gestión es posible ya que en su defecto carecería de sentido este texto y que ahora estamos compartiendo con ustedes. 

La gestión democrática supone de parte del conductor una serie de compromisos, entre los cuales se destaca la necesidad de vivenciar personalmente aquel estilo que se pretende desarrollar en la institución educativa. Es decir que no alcanza con la pronunciación de un discurso ni con la manifestación de intenciones. Se trata de encarnar en uno mismo (con todos los defectos y procesos de este aprendizaje y que se debe construir pacientemente) el espíritu de un modelo que no se mueve en la media tinta. El discurso vacío, sin raíces, sin sólidos fundamentos, es prontamente captado por el cuerpo docente tal como es captado por el alumno en el aula cuando le cuentan o explican qué es la democracia, pero no hay un ejercicio concreto de la misma (en este caso se explica mucho pero se enseña poco). Este es un desafío enorme para los directores y supone un crecimiento profesional que sólo podrá conseguirse en la medida que haya también un crecimiento personal, ya que el desarrollo de una profesión no se da en el vacío sino en una persona concreta que elige y decide superarse. En el ámbito educativo es frecuente sostener un discurso en el campo de las ideas y otro en el de las realizaciones, siendo éste último un desencanto respecto del primero. Que las cosas no salgan según nuestras previsiones es una posibilidad cierta, pero que no salgan por nuestro doble discurso es un despilfarro del tiempo de los demás y del impuesto de los ciudadanos que sostienen la educación que resulta intolerable. Cuando un director o directora toma el camino de la gestión democrática, pone en juego sus propios valores y no los de terceros y se pone él mismo en juego (sin ánimo de que se considere exagerada esta afirmación), y alienta una tarea cuyo punto de partida es la eliminación del doble discurso entre lo que se dice y lo que se hace, aunque sea un camino sembrado de marchas y contramarchas. 

Llevo ya muchos años en la dirección de escuelas (aproximadamente 20) y tratando de realizar una gestión lo más democrática posible con todos los recursos que tengo a mi alcance (y que en la Argentina nunca suelen ser muchos). De esta experiencia quisiera compartir algunas conclusiones. 

De los directores se espera que orienten, que señalen rumbos, que definan políticas, que tomen decisiones, que propongan metas a mediano y largo plazo, que tengan certezas, que transmitan seguridad, que consoliden al cuerpo docente, etc. Ante tamaña magnitud de la empresa, dijimos al comienzo que los directivos deben plantearse el estilo de liderazgo que asumirán para el desarrollo de estas tareas. 

Luego de haber intentado por varios caminos y hasta por variados liderazgos (algunos inconscientes) en la búsqueda de la gestión democrática, quiero compartir con ustedes el siguiente pensamiento: 

Me parece que el rol fundamental del director para la gestión democrática en la escuela consiste en generar los momentos y espacios para que el cuerpo docente pueda reflexionar, generar ideas y proyectos, discutir políticas, crear alternativas propias y originales, buscar acuerdos y consensos. Establecidos esos momentos y logrados ciertos acuerdos, el directivo se pone a la cabeza de su comunidad para garantizar la consecución de los mismos en un periodo de tiempo, que será evaluado en los plazos que se pauten para verificar los logros obtenidos. 

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